La mentira, la prueba material de que la verdad debe estar en alguna parte, por ahí afuera…, ha existido siempre. No es exclusiva de nuestra especie, pero el ser humano la ha re-dimensionado y dignificado hasta convertirla en un pilar de la sociedad actual, mejor dicho, en el motor principal de la civilización. Falacias, camelos, trolas, engaños, tretas, triquiñuelas. Desde el “vete a la cama o te comerá el coco”, pasando por el “esto te lo arreglo yo en una sentada”, al “en este ataúd pasará la eternidad mucho más a gusto”, los bulos nos envuelven y nos acompañan desde que nacemos hasta que morimos.

Todo empezó cuando un antepasado pionero, al que llamaremos Pinochito, intento cobrar impuestos por primera vez. La idea le vino a la cabeza cuando vio a sus vecinos demasiado ociosos. Había que aprovechar esa energía desperdiciada y alentarlos a trabajar más tiempo. Sin perder un instante se acercó al que más cerca tenía y le dijo, “¿me darás durante el resto de tu vida el 21% de tu cosecha?”. Su demanda fue respondida con otra pregunta: “¿Qué me vas a comer el qué?”. Entonces, Pinochito desarrolló la primera Mentira Oficial. Trataba sobre el bien común y el deseo de los dioses de desarrollar la civilización y mandó a cincuenta tíos con garrotes a que se lo explicaran al vecino mencionado. El sistema funcionó satisfactoriamente. Las buenas intenciones y la palabra de Dios, parece que al final era mejor tener solo uno, eran rápidamente aceptadas siempre que estuvieran respaldadas por un buen par de hostias. Es cierto que hubo varias discusiones acerca de la superioridad de ciertas patrañas sobre otras: que si mi dios es mejor que el tuyo o mi rey más campechano, que si tu estructura familiar me la paso por ahí, que si tu frontera no esta donde debiera … En la práctica, sólo eran naderías que no hacían sino afianzar El Sistema Mundial de Embustes, se resolvieran en el sentido que se resolvieran y si no se resolvían pues…mejor. Pero empezaron a aparecer filósofos y científicos que ponían en tela de juicio La Mentira Oficial. Al principio fue fácil ocuparse de esos listillos según iban apareciendo y utilizar sus cadáveres empalados como ejemplo para los demás, pero poco a poco el trabajo les desbordó, cada día había más listillos y menos madera, y fue necesario retocar La Mentira para que no cantara tanto a la luz de la ciencia. Este proceso es conocido como las revoluciones burguesas y dieron paso a la democratización de La Mentira.

Gracias a los hombres y mujeres que en esa época lucharon y entregaron sus vidas por la causa. Gracias a esos valientes, hoy todos, independientemente de nuestra etnia, sexo, orientación sexual, nacionalidad, olor corporal, etc. Tenemos derecho a hacer creer a los demás la mentira que más nos convenga. Suena bien pero en realidad esto también es falso. No todos somos iguales. Algunos ciudadanos felices como yo, nacemos para contar las mentiras, para que todo sea como tiene que ser y que todo vaya como tiene que ir. Vosotros, los ciudadanos desgraciados, estáis aquí para tragar y os vamos a convencer de cualquier cosa ya sea mediante dialéctica, fe, violencia o lo que haga falta, ¡lo que sobran son medios y ganas!

El ciudadano feliz.

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