Las Mentiras Complacientes

Le damos un valor incalculable a la verdad. Sin embargo, a veces nos creemos muchas cosas. Son las mentiras que complacen aquellas que son tan fáciles de aceptar. Pero, a decir verdad, no tengo ni idea de Psicología. Lo que sí sé es lo que veo y experimento. Me explico: ¡estamos rodeados de mentiras! Sí, porque, todavía se aceptan cosas como: “el pan integral adelgaza”. ¿Cómo? ¿Adelgaza? ¿En serio? ¿No será que ese pan no está refinado y todos sus nutrientes hacen que una persona, al comerlo, se sienta saciada? Entonces, ¿por qué se crea esa mentira? No sé, no soy publicista…Otras mentiras que comento son las de los currículum. Sí, amigos sí. Aquí todos, o casi todos, hemos mentido. ¿Quién no ha puesto que sabe más inglés del que habla? ¿Quién no ha puesto informática a nivel de usuario? Por cierto, ¿a nivel de usuario?, ¿qué usuario? Mi madre también es una usuaria y no tiene ni idea, como dice ella, de “ordenadoreh e interné” (es sureña- sureña, de ahí que la letra final de las palabras se las salte). ¡Mentimos para poder trabajar en lugar de mentir para no hacerlo! ¡Como se ha hecho de toda la vida!

El Honor Triunfa sobre la Mentira, Detalle, 1561, VincenzoDantiAhora, y ya para terminar, me gustaría comentar una de las mentiras más graciosas que suelen decirse cuando uno es adolescente. Me refiero a los ligues de verano. Recuerdo que ciertos conocidos iban de veraneo al pueblo y regresaban con historias “pseudopornográficas”. Recuerdo que uno en cuestión no se contentaba con un ligue, sino que contaba al menos tres o cuatro. Su historia estaba repleta de un detallismo fuera de lo normal, razón de más para desconfiar, el caso es que la chica en cuestión estaba de muy buen ver, era muy ‘suelta’, la casa donde yacieron estaba libre y, sorprendentemente, hasta arriba de cervezas y licores. Sólo faltaba que la chica tuviese una hermana y le gustasen “los juegos colectivos”. Entonces, uno, al escuchar esas fantasías, podía negarlo o contar la suya propia. Muchos preferían la segunda opción, e incluso intentaban superar la historia. ¡Como si fuese posible! El caso es que me gustaría haber visto sus vacaciones por una pantalla. Sí, así se podía ver lo que realmente ocurrió. Seguramente el Don Juan en cuestión no era de muy madrugar, desayunaba religiosamente por algo que le había preparado la madre o la abuela (desde aquí mando un abrazo a la mía, allá donde esté), iba a dar una vuelta, volvía a casa para comer y producir siesta (producir, sí, pues al menos dormiría 4 horas) y salía hacia el bar para ver el partido. Allí hablaba de tal o cual jugador, de lo malo que es tal o cual equipo y de la diferencia entre el calor de norte y el del sur, el primero más húmedo y el segundo más seco e infernal. Y eso es lo único cierto de su historia, en lo único en lo que hay honor y verdad, el resto: mentiras.

Saludos,

Un Estudiante

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