¿Para qué se destinaban los castillos omeyas del desierto?

Moles de piedra siguen vistiendo los desiertos de Siria, Jordania y Palestina, y mientras que  unos mantienen que pudieron ser centros de explotación agrícola, otros no dudan de que se tratan de lugares para el descanso y el estudio de la naturaleza. ¡Allí, con arena para parar un tren! ¡Allí, con las zonas secas casi todo el año! Pero claro, confunde sus recintos amurallados, su planta cuadrada y sus refuerzos a base de torres en sus lados y ángulos. ¡Trastoca su aspecto militar! Vale, muy bien, ¿pero por qué se construyeron? ¿Cuál fue su destino?

Hay quien dice que la favorita del califa Abd el-Malik, llamada Maysun (cristiana, siria y beduina) rechazaba la vida de la corte. Ella, poetisa, mantenía con anhelo, con profunda pena parecer ser, que aquellos que vivían en la ciudad sufrían. Así es que acompañaba a su hijo a los desiertos, para revivir la existencia de sus antepasados, y así el niño, futuro califa, disfrutaba y aprendía cazando, cabalgando y, lo más importante, aprendía la perfecta pronunciación del árabe, pues desde hacía algún tiempo se convivía con el arameo, y esta lengua contaminaba a la otra. Por eso y por la carencia de agua durante prácticamente todo el año, se dice que los castillos omeyas del desierto, al menos los que se mantienen en pie, no pudieron ser ni centros agrícolas ni palacios destinados a la recepción administrativa. ¡Para eso estaba Damasco, el centro político!

Además, se duda de las dimensiones de ciertos palacios, tan reducidas que sólo podían disfrutarlas los califas y pocos acompañantes. ¿Su destino era acoger reuniones, congresos? No, su destino fue el del estudio de la vida, el de la contemplación, el del descanso…como bien se deduce de las pinturas que decoran ciertas estancias como las termas, frescos que representan figuras abstractas y vegetales sí, pero también de caza, de animales y, lo más curioso, vemos formas humanas (algo impensable para la tradición islámica). No hay duda, el destino de estos palacios en mitad de los desiertos era el de alejarse de lo oficial, de lo políticamente (y también religiosamente) correcto. Su destino fue rebelarse, como quienes les dieron vida: los omeyas del siglo VIII.

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