Una nueva crónica de Preso 9000

Estoy en el patio, son las ocho de la mañana y he salido a hacer un poco de deporte. Tengo que hacerlo ahora porque en una hora estará a rebosar. Miro al cielo y veo una pequeña avioneta rosa. Expulsa un horrible humo negro con el que dibuja la palabra “felicidad”. Continuo con mis ejercicios como si nada mientras en mi cabeza voy dando forma a mi próxima carta. Cuando creo que puedo escabullirme sin levantar sospechas, me voy a mi celda en busca de mi boli y mi cuaderno.

Aquí la relatividad de la felicidad es más evidente que en cualquier otro sitio. Sin libertad, sin más objetivos que aguantar hasta que todo termine y vuelva a nacer. Obligado a vivir continuamente alerta. Solo pero sin intimidad. Aun así he conocido momentos felices. El primero que recuerdo es cuando bebí un largo trago de zumo después de dos días sin ingerir vitaminas. Aunque no sólo he encontrado placer aprendiendo a disfrutar de lo que en mi casa percibía como una necesidad. Aquí he encontrado estímulos intelectuales inesperados. Disfruto mucho de mis conversaciones con Mohamed. Entre los dos buscamos los puntos en común entre la ciencia y el Islam. Hablamos sobre los orígenes del mundo y del hombre, sobre el valor de la vida, sobre el destino y la verdad. Tengo claro que el entendimiento entre personas es posible y pienso que quizá el mundo debiera adoptar este sistema en lugar de hablar de economía nacional a economía nacional. Y me creo muy listo, muy importante y muy feliz.

carcel feliz

También me gusta jugar al ajedrez con Issam. Al principio logré engañarle en algunas jugadas pero ahora pulveriza mi defensa sin piedad una partida tras otra. Quizá algunos no entendáis lo que quiero decir pero en mi escala de valores un buen rival de ajedrez está sólo un poco más abajo que un amigo de confianza.
Puedo ser feliz aquí dentro porque sé que un día todo acabará.

Todo esto me lleva a pensar en que la felicidad no se puede encontrar. Da igual si la buscas o no. Llega con la vida, de repente. Quizá debamos concentrarnos en buscar algo que hacer mientras la esperamos. Si la perseguimos solamente le vemos la espalda. Yo seguiré aquí con mi bolígrafo y mi cuaderno… y me tomare mi tiempo para saludarla cuando la vea pasar.

Crónicas de 9000

Son las siete de la mañana y mis compañeros de celda duermen. Más allá del muro, escucho una voz que grita: “¡Plástico! ¡Plástico!”. Es la señal que esperaba. Saco mi camiseta negra por la ventana y la agito hasta que dejo de escuchar los gritos del correo clandestino. En una hora empezará el barullo diario. Tengo poco tiempo si quiero escribir el artículo sin que nadie me vea.

Os voy a contar como es la vida aquí. El plástico me rodea y forma parte de mi vida carcelaria. Los objetos de plástico son de las pocas cosas que los guardias no te quitan cuando hay un registro.

Son de plástico las chopinas (fiambreras) con las que recogemos nuestras raciones diarias a través los barrotes de la puerta. Estos recipientes no nos los proporciona el estado marroquí sino que se reutilizan los que llegan de las cocinas de las familias de los presos. También los utilizamos para almacenar la comida porque un cierre hermético es una de las pocas cosas que mantiene a raya a las cucarachas.

cARCELTETUAN

Carcel de Tetuán

Para ducharme sujeto una garrafa de agua sobre mí cabeza. La lleno una vez antes de enjabonarme y otra para aclararme. No hay duchas en las celdas, sólo un baño para cada quince presos que se compone de un agujero en el suelo y un grifo de agua fría. Una vez a la semana abren las duchas pero yo no las uso ya que la caldera está rota desde siempre y aquí está mal visto ducharse en pelotas delante de otros así que tienes que ducharte con calzoncillos.
A lo que más provecho le sacamos es a las bolsas de plástico. Sirven para enmangar los cuchillos con los que preparamos la comida (aunque todos los días hay derramamientos de sangre, no he visto a nadie agredirse con ellos), revestir cables para hacer empalmes con los que proporcionar electricidad a toda la celda, empaquetar las dosis de diversas drogas… Yo hago pequeñas tiras y las utilizo como seda dental, que no existe aquí dentro. Es más, a juzgar por las dentaduras de los presos, es posible que nadie sepa lo que es la seda dental.

Para los que no tenemos dinero, reutilizar y fabricar cosas con los desechos nos ayuda a sobrevivir, pero a la mayoría le gusta aparentar que tienen más de lo que tienen y tiran una gran parte de la comida. Los cubos de basura, que se vacían cada mañana, rebosan antes de que caiga la noche. La pobreza se niega a sí misma para perpetuarse.

Crónicas de 9000: La verdad exiliada

Hola, soy 9000, o eso pone en el papel que me dieron al entrar. Unos amigos me han cedido este espacio para contaros de strangis que estoy en un exótico país, uno de esos países pobres que es mejor que sigan siendo pobres. Podría estar en un hotel económico y de calidad; consumiendo droga económica y de calidad y follando con prostitutas económicas y de calidad, pero estoy en un vertedero humano.

Lo llaman felhabs, prisión, pero aquí no existe el propósito de re-inserción. Aquí te almacenan en cuanto tienes algún problema con la justicia y se olvidan de ti hasta que llega el día de salir. Aquí mi verdadero nombre no importa. Tampoco importa el hecho de que sea inocente, porque este es un infierno irracional. Siento como si estuviera en un turbulento río de mentiras en el que debes nadar contracorriente, siempre al borde de la extenuación, para conseguir respirar esporádicas bocanadas de verdad. Puede que alguien haya sentido algo parecido mientras buceaba por la prensa, pero hay que contar con la intensidad que le añade la privación de libertad dentro de una comunidad en la que la verdad es irrelevante.

Carcel_Rabat (1)

Las mentiras me trajeron hasta aquí y después ninguna de las personas con las que he hablado me ha dicho la verdad: el abogado ha estafado a mi familia; la policía me ha obligado a firmar una declaración sin traducir que nada tiene que ver con los hechos; los funcionarios te dicen que algo está prohibido cuando quieren un soborno y todo el mundo en general quiere robarme un dinero que no tengo. He acabado por clasificar a la gente según lo lejos que están dispuestos a llegar para quedarse con lo que creen que tengo. En el caso de los yonquis hay que valorar el nivel de mono. Un yonqui con poco mono no tiene ganas de pensar en como mejorar su nivel de vida a tu costa. El mismo yonqui con mucho mono puede rajarte la cara si no le das un papel de fumar.

No importa que les explique que lo único que poseo es mi piel blanca y lo que la cubre. Viven en la mentira y les cuesta muchísimo ver la verdad. Esto tiene una consecuencia exasperante para mi. Siempre se me ha dado fatal mentir y a lo largo de mi vida he intentado evitarlo. En compensación he ganado en credibilidad, que es muy cómoda y alimenta mi soberbia. El caso es que no estoy acostumbrado a que cada vez que hablo con alguien insinúe que le estoy mintiendo. Sí, sí… ya les he dicho que soy un vasco por el mundo, pero ni los argumentos más sólidos hacen mella en esta desconfianza férrea.

Si físicamente estoy encerrado, en mi cabeza la sensación es la de estar fuera de la libertad; fuera de la verdad; fuera del universo. El río de mentiras, desde esta perspectiva, es el caos que se arremolina en los límites de la realidad. Me han desterrado de la razón para arrojarme a este lugar lleno de intenciones maquiavélicas dentro de cerebros a medio desarrollar. Las mentiras resultantes son burdas, sí, pero tan numerosas que siempre te cuelan alguna. Además hieren el orgullo con más contundencia que una mentira elaborada.

Me gustaría despedirme con un consejo:

“No llames mentiroso a un yonqui vasco o podría rajarte la cara.”

P.D.: Espero que esta carta y las siguientes lleguen a su destino aunque no os lo puedo asegurar porque… ya sabéis: esta prohibido y no tengo dinero.

El beso de Carandiru

Saludos, mi nombre es Sir Christopher Price. No hace mucho recibí una llamada que me hizo salir de mi retiro, un equipo de jóvenes ambiciosos/as han creado este fanzine y querían contar conmigo para que escribiera esta sección. Así que sin más dilación me fugué de la institución mental para críticos cinematográficos y aquí estoy… en la decimoquinta planta de la redacción Strangis escribiendo estas líneas. Mi tarea será la de recomendaros algunos filmes, esto siempre lo haré según mis preferencias, es decir, recomendaré lo que me da la gana.

el beso de la mujer arañaAsí, en relación a los muros, os voy a recomendar dos de las mejores películas carcelarias que nos ha dejado el cine moderno, ambas dirigidas por Hector Babenco (1946), director argentino afincado en Brasil. El cineasta se caracteriza por realizar interesantes denuncias sociales como las que hoy nos ocupan. La primera de las películas que nos acontece es “El beso de la mujer araña”(1985), filme que relata la relación entre dos compañeros de celda, Molina, interpretado por William Hurt, encarcelado por seducir a un menor, y Valentín, Raúl Julia, revolucionario torturado salvajemente. El amor y la amistad se entremezclan y confunden en un escenario que hubiera sido imposible de no ser por la falta de humanidad que les rodeaba en esta inmunda prisión. Los dos actores principales realizan unas interpretaciones sublimes, de hecho, William Hurt recibió el Óscar por su papel en esta película.

El segundo de los filmes es “Carandirú” (2003), adaptación cinematográfica de la novela “Estacióncarandiru Carandirú”del Dr Drauzio Varella, médico de la propia cárcel en la que está ambientada la película, especialista en Sida que también está representado en el filme. Carandirú cuenta con un reparto coral ambicioso. El realismo en esta película queda patente en la exquisita descripción de las muchas historias que día a día se vivían en esta prisión hasta desembocar en una revuelta salvajemente reprimida por la policía, que asesinó a más de cien presos desarmados. Amor, humor y brutalidad se dan cita en esta gran película.

Espero que sigáis mi consejo, no os arrepentiréis.

Atentamente,

Sir Christopher Price.

Trailer: El beso de la mujer araña

Trailer: Carandirú